Antes de cualquier celebración o fecha en el calendario, la idea de figura materna ya existía como principio: una fuerza que da origen, sostiene y transforma todo lo que existe; hablar de la figura materna en la cosmogonía mexicana es adentrarse en una visión del mundo donde la madre no es solo quien da vida, sino aquello de lo que la vida misma emerge.

En la cosmogonía de los pueblos mesoamericanos, la madre es equilibrio: creación y destrucción, principio y final, tierra y transformación.
En la visión del mundo de las culturas originarias, el universo no es estático, todo está en movimiento, en constante transformación, y en ese flujo, la figura materna ocupa un lugar central.
Deidades como Coatlicue representan esta dualidad: es madre, pero también es fuerza destructora; es origen, y también final. Su imagen, lejos de ser suave, es imponente. Porta elementos que simbolizan tanto la vida como la muerte, recordando que ambos procesos son inseparables.

No hay vida sin transformación. No hay creación sin pérdida.
Tonantzin la madre que es tierra, es otro de los ícenos fundamentales dentro de la figura materna en la cosmogonía mexicana, su nombre significa “nuestra madre”. Tonantzin representa la tierra misma: el lugar de donde todo nace y al que todo vuelve.
En esta visión, la maternidad es la tierra que alimenta, que sostiene y que recibe; es generosa, pero también exige respeto.
Aquí la madre no es idealizada, si no que es una presencia viva, con la que se establece una relación de equilibrio. Dentro de la figura materna en la cosmogonía mexicana, crear no es un acto menor, sino que es participar, de alguna forma, en el orden del universo. Dar forma a algo: a una vida, a un objeto, a un espacio… implica asumir un rol activo dentro de ese ciclo de transformación, por eso, el acto de crear está profundamente ligado a lo materno. No se trata solo de producir, sino de acompañar procesos: observar, intervenir, esperar.
Crear requiere tiempo, y el tiempo, en estas culturas, no es lineal: es cíclico.
Con el paso del tiempo, estas ideas no desaparecieron, se transformaron y se integraron en nuevas formas culturales.

Por ejemplo la figura de la Virgen de Guadalupe puede entenderse como una continuidad simbólica dentro de la figura materna en la cosmogonía mexicana, conserva elementos esenciales de la madre mesoamericana: protección, cercanía y vínculo con el territorio. Así, lo materno sigue presente, aunque cambie de forma.
Aunque hoy la palabra “madre” suele asociarse a lo familiar, su significado profundo sigue filtrándose en la vida diaria, está en la manera en que se cuida, en cómo se construyen relaciones, en la importancia del arraigo y la memoria. También en los objetos que nos rodean: aquellos que no solo cumplen una función, sino que contienen historia, intención y tiempo.
Crear es una forma de sostener la vida.
Hablar de la figura materna en la cosmogonía mexicana es recordar que la maternidad es hablar de un vínculo humano, de un principio que organiza el mundo, es origen, proceso y transformación constante. En medio de lo cotidiano, sigue presente en cada acto que implica cuidar, crear y dar forma.








