La leyenda del ajolote inicia antes de que existiera el tiempo como lo conocemos, antes de que el Sol recorriera el cielo y la noche se llenara de estrellas, el mundo permanecía inmóvil.
Cuenta la antigua tradición que los dioses se reunieron en Teotihuacán para crear el Quinto Sol, la era en la que todavía vivimos. Pero para que el Sol pudiera despertar y comenzar su recorrido por el cielo, los dioses debían ofrecer su propia vida.

Uno a uno, aceptaron su destino. Todos, excepto Xólotl.
Xólotl era hermano gemelo de Quetzalcóatl y una deidad relacionada con la transformación, el movimiento y los caminos que unen distintos mundos. Pero cuando llegó el momento de entregarse al fuego, el miedo se apoderó de él. Xólotl no quería morir.
Entonces huyó.
Corrió lejos de los dioses y buscó refugio entre las formas de la naturaleza. Si conseguía cambiar de apariencia, quizá podría esconderse de aquellos que lo perseguían.

Primero se convirtió en una planta de maíz de doble caña. Permaneció inmóvil entre los cultivos, esperando que nadie pudiera distinguirlo de las demás plantas. Pero los dioses lo encontraron.
Entonces volvió a transformarse.
Esta vez tomó la forma de un maguey doble y se ocultó entre sus pencas, confiando en que la tierra guardaría su secreto. Pero tampoco allí consiguió permanecer oculto.

Los dioses continuaron buscándolo y Xólotl siguió huyendo.
Hasta que llegó al agua.
Frente a él se extendía el lago, oscuro y silencioso, reflejando el cielo como un espejo. Sin otro lugar donde esconderse, Xólotl se arrojó a sus profundidades y allí ocurrió su última transformación.
Su cuerpo cambió una vez más hasta convertirse en una criatura pequeña y extraña, capaz de vivir entre las aguas y ocultarse entre las plantas acuáticas. Había nacido el axólotl, el ajolote.
Por un instante, Xólotl creyó haber encontrado el refugio perfecto. Permaneció escondido bajo el agua, inmóvil, como si hubiera pertenecido al lago desde el principio de los tiempos. Pero ningún dios puede escapar para siempre del destino que le ha sido dado y finalmente, Xólotl fue encontrado.

Ya no había otra forma que adoptar. No quedaba otro lugar donde esconderse y entonces comprendió que quizá sus transformaciones nunca habían sido una manera de escapar para siempre, sino el camino que lo conduciría hasta su destino.
Xólotl aceptó el sacrificio, después, el Sol comenzó a moverse. La luz atravesó el cielo, el tiempo comenzó a avanzar y el mundo entró en una nueva era. Pero Xólotl no desapareció por completo y su última transformación permaneció en las aguas; desde entonces, el ajolote quedó unido a la memoria de aquel dios que intentó escapar de la muerte y que, al hacerlo, encontró otra manera de existir.
Tal vez por eso el ajolote parece una criatura de otro mundo. Sus branquias se extienden como pequeñas ramas bajo el agua y su cuerpo conserva para siempre algunos rasgos de su vida pasada, antes del sacrificio. Incluso posee la extraordinaria capacidad de regenerar partes de sí mismo.
Como si todavía llevara en su cuerpo la memoria de todas aquellas transformaciones: Maíz, maguey, agua y ajolote.

Los antiguos relatos han sobrevivido durante siglos. Las ciudades cambiaron, los lagos se transformaron y los dioses dejaron de caminar entre los hombres. Pero el ajolote continúa allí, pequeño, silencioso y extraño, como si las aguas hubieran decidido guardar un secreto.
Quizá esa sea la razón por la que todavía nos fascina, porque mientras exista un ajolote entre las aguas de México, una parte de Xólotl seguirá viviendo.
Y tal vez, en el silencio de los canales, entre las raíces y los reflejos del cielo, su última transformación todavía no haya terminado.





