La leyenda del maíz: Quetzalcóatl y el alimento de los hombres
Hace mucho tiempo, cuando los dioses todavía caminaban cerca de los hombres, la tierra era distinta.
Los seres humanos conocían algunas plantas, raíces y frutos, pero aún no conocían el maíz. Sin él, la vida era más dura y los hombres apenas podían alimentarse.
Entonces supieron que, detrás de una gran montaña, se encontraba escondido un alimento extraordinario. Los dioses lo habían guardado allí y nadie sabía cómo llegar hasta él.
Algunos intentaron mover la montaña.
Empujaron con toda su fuerza, pero la piedra permaneció inmóvil.
Otros buscaron caminos entre las rocas, pero ninguno logró encontrar una entrada.
La montaña parecía guardar su secreto desde el principio de los tiempos.
Quetzalcóatl observó en silencio.
No intentó vencer a la montaña con fuerza. En lugar de eso, se preguntó cómo podría atravesar aquello que parecía imposible.
Entonces vio algo que los demás no habían visto.
Una pequeña hormiga caminaba por la tierra llevando entre sus mandíbulas un diminuto grano de maíz.
Quetzalcóatl la siguió.
La hormiga desapareció por una pequeña grieta en la montaña y, al poco tiempo, volvió a salir con otro grano entre sus mandíbulas.
Así descubrió el secreto.
El maíz estaba allí, oculto en el corazón de la montaña.
Quetzalcóatl comprendió que si una criatura tan pequeña podía entrar y salir de aquel lugar, él también tendría que encontrar una manera de hacerlo.
Según cuentan los antiguos relatos, Quetzalcóatl se transformó en hormiga y siguió a la pequeña criatura por el estrecho camino hasta llegar al interior de la montaña.
Allí encontró el maíz.
Había granos amarillos, blancos, rojos y oscuros, guardados en la profundidad de la tierra como un tesoro que nadie debía tocar.
Quetzalcóatl tomó uno de aquellos granos y emprendió el camino de regreso.
Cuando salió de la montaña, llevó el maíz consigo y lo entregó a los hombres.
Ellos sembraron los primeros granos.
De la tierra brotaron tallos verdes que crecieron hacia el cielo. Después aparecieron las primeras mazorcas, cubiertas por hojas que protegían sus granos como si fueran pequeños secretos.
Desde entonces, el maíz comenzó a alimentar a los hombres.
Pero los antiguos sabían que aquello no era solamente alimento.
En cada grano estaba guardada una parte de la tierra, del agua, del Sol y del misterio de la montaña.
Por eso el maíz llegó a ocupar un lugar sagrado en la vida de los pueblos mesoamericanos. De él nacía el alimento, pero también la memoria, el trabajo y la vida misma.
Quizá por eso, cuando una semilla de maíz se hunde en la tierra, parece desaparecer.
Durante un tiempo no se ve nada.
La oscuridad la cubre.
Y, sin embargo, algo está sucediendo debajo.
La semilla se abre, echa raíces y comienza lentamente su ascenso hacia la luz.
Como si la montaña todavía guardara el antiguo secreto que Quetzalcóatl descubrió hace tanto tiempo:
que la vida puede permanecer oculta durante un tiempo, esperando el momento de volver a la luz.
Y desde entonces, cada mazorca que nace de la tierra parece llevar consigo un fragmento de aquella primera historia.
La historia de un dios, una pequeña hormiga y un grano de maíz escondido en el corazón de una montaña.









